PALABRAS PRESIDENTE DE ASOCAÑA
Doctor: Ricardo Villaveces Pardo
El mundo se halla en un período de transición.
Ajuste que va desde hechos como el surgimiento de China e India
en el escenario global, a la redefinición de la posición
estadounidense, cuando este país se ha alejado del multilateralismo
y enfrenta una compleja situación financiera. Desde otro
ángulo, los cambios se mueven entre asuntos como el de
las prioridades de la iglesia católica en el inicio de
un nuevo papado y el de la evolución que tenga el terrorismo.
En fin, multitud de hechos contribuyen a delinear la sociedad
global de este comienzo de siglo.
Este proceso de ajustes se evidencia en Latinoamérica
donde viene tomando fuerza una línea de pensamiento que
se aparta cada vez más de “la cartilla” del
Consenso de Washington y, por el contrario, tiene un enfoque más
social demócrata y alejado de las posiciones norteamericanas.
Las tensiones son cada vez mayores. Se presentan situaciones críticas
como las de Ecuador, e incluso en Chile, paradigma del modelo
neoliberal, también surgen protestas sociales. Venezuela
adquiere un protagonismo creciente al liderar una propuesta bien
diferente a lo que era la línea de pensamiento prevaleciente
en la región durante los noventa, y con el respaldo de
los altos precios del petróleo su papel será, seguramente,
cada vez más notorio. Estos cambios comienzan a tener consecuencias
concretas y es así como el ALCA, por ejemplo, es hoy un
proceso congelado y un gran jugador como Brasil ya ha anunciado
que éste no es una prioridad de su política comercial.
Los acuerdos comerciales, de tanta importancia en estos años
de auge de la globalización, comienzan a perder prioridad
en las agendas de muchos gobiernos por el desgaste político
que acarrean. Pero, además, porque resultan insuficientes
en la medida en que no se avance de manera paralela en lo que
debe ser el piso y complemento de los mismos; tal es el caso de
las negociaciones de la OMC. El tema de las ayudas internas a
la agricultura en los países industrializados es uno de
los ejemplos más claros de esta inconsistencia.
En el caso de Estados Unidos, gran protagonista del comercio
mundial, es bastante evidente que las prioridades del legislativo
y del propio gobierno están centradas en asuntos como sus
finanzas públicas o la seguridad social. No obstante, en
las negociaciones comerciales y aun a pesar de su actitud individualista
en muchos foros, quisieran centrar su atención en las negociaciones
de la OMC antes que en acuerdos que, como el del CAFTA, les está
significando tanto costo político.
Estas situaciones se han venido reflejando en las negociaciones
del TLC con los países andinos donde se ha podido apreciar
cómo los asuntos internos en Estados Unidos han impedido
que el proceso tenga la dinámica esperada y, después
de nueve rondas, son aún muchos los asuntos pendientes,
incluyendo la gran mayoría de los llamados temas sensibles.
Primero fue la incertidumbre originada en el proceso electoral
que puso de presente cómo, antes que una política
bipartidista que debería tener continuidad cualquiera fuera
el resultado de las elecciones, ésta ha sido una iniciativa
del Ejecutivo ante los problemas encontrados en el ALCA y en la
propia OMC. En segundo término, los problemas que ha encontrado
en el Congreso la aprobación del acuerdo CAFTA con los
países centroamericanos ha limitado fuertemente el margen
de acción de los negociadores y a estas alturas son muchas
las dudas que subsisten acerca del futuro de esta negociación.
No hay duda de que en la parte colombiana, tanto pública
como privada, se ha hecho un trabajo juicioso y comprometido y
se ha tratado de acertar. Por ello, y de manera independiente
de lo que puedan ser los resultados de la negociación,
ya quedan saldos positivos del proceso. En primer lugar, se ha
consolidado de manera importante el trabajo interinstitucional
entre las diversas organizaciones del sector privado, fortaleciendo
especialmente el papel de los gremios. Ha quedado clara la importancia
de contar con entidades que puedan interpretar de manera adecuada
las posiciones individuales de sus afiliados y ser interlocutores
del resto de los actores en la negociación. Para el Gobierno,
sin duda, se han convertido en interlocutores legítimos
y en un sustento fundamental en la construcción de las
posiciones de negociación.
No es menos cierto que en el trabajo con el Gobierno se ha ganado
en la construcción de una relación de confianza
entre el sector público y el sector privado, en la cual
los problemas han sido, afortunadamente, la excepción.
La transparencia con que se ha llevado el proceso y la disposición
de los funcionarios involucrados en la negociación a discutir,
oír y aprender acerca de los diferentes temas han sido
factores determinantes para que el proceso, cualquiera sea su
desenlace, deje muchas enseñanzas positivas en relación
con la forma de tratar asuntos tan complejos.
La elaboración de la llamada Agenda Interna será,
sin duda, otro de los grandes aportes del TLC pues, independiente
del resultado, queda una carta de navegación para el país
en relación con tareas importantes a desarrollar para poder
competir en un escenario globalizado que, sin duda, será
el vigente en el futuro de mediano plazo. No menos importante
es el surgimiento de un grupo muy amplio de profesionales jóvenes
que, tanto en el sector público como en el privado, han
podido demostrar su valía y capacidades, constituyendo
un aporte a la generación de relevo que puede mantener
un país cada vez más vital y productivo.
Colombia, por el otro lado, ha seguido adelante con su proceso
de recuperación aunque, evidentemente, son varios los motivos
de alerta para evitar que este proceso pierda su dinámica.
En el caso del sector productivo y, muy en particular, en el de
los bienes y servicios transables el comportamiento de la tasa
de cambio ha generado más de un problema. Pareciera que
no se hubiera aprendido de la experiencia de los años noventa
y, por eso, aunque se oyen muchas declaraciones que señalan
preocupación, en la práctica hay una actitud de
aceptación con lo que ha venido ocurriendo, motivada en
buena medida por el efecto positivo que sobre las finanzas públicas
tiene este fenómeno.
Bien se sabe que lo que se requiere son medidas de fondo relacionadas
con la necesidad de sanear la situación fiscal y aquí
surge el mayor tema de preocupación. La dilación
en realizar los ajustes en temas como las pensiones, las transferencias
y la llamada reforma tributaria estructural, está poniendo
en peligro no sólo aspectos como el de la tasa de cambio,
sino la sostenibilidad de algo tan importante para el proceso
de recuperación emprendido, como es la política
de Seguridad Democrática. Resulta claro que, aunque es
bastante lo que se ha avanzado en este campo, es mucho lo que
queda por hacer y no podemos pretender que vamos a tener el apoyo
financiero de los Estados Unidos de manera indefinida. Por ello,
la sostenibilidad de la política depende de que adoptemos
las medidas necesarias para que los recursos adicionales generados
por la mayor actividad económica puedan darle la permanencia
que estos esfuerzos requieren y no terminen subsanando saltantes
para las pensiones o para el servicio de la deuda y entremos en
uno de esos círculos viciosos de los que hay tantos ejemplos,
sin solucionar completamente el muy prioritario problema de seguridad.
Desafortunadamente, el tema de la reelección y, más
recientemente, la discusión del proyecto de justicia y
paz han acaparado la atención del Congreso. El Gobierno,
por su parte, pareciera desconocer las prioridades que él
mismo había identificado cuando presentó el proyecto
de Referendo. Este asunto, sin duda, debe ser una señal
de alerta en relación con las perspectivas del país.
Un país en transición en un mundo en transición
es lo que caracteriza al tiempo en que vivimos. No es extraño,
entonces, que un sector como el azucarero sea también un
sector en transición. Se trata de una actividad productiva
que debe moverse en un mundo cada vez más competido en
el que los mercados preferenciales con mayor frecuencia son cosa
del pasado y los mecanismos de protección tienden a desaparecer.
Es decir, que más pronto que tarde una industria como la
azucarera debe estar en capacidad de competir a los precios de
los mercados mundiales, a pesar de que los causantes de las grandes
distorsiones hagan todo lo posible por demorar los cambios que
de todas maneras tendrán que hacer. Sólo basta pensar
en las implicaciones que pueden llegar a tener los recientes fallos
en la OMC en el caso del algodón contra Estados Unidos
y del azúcar contra la UE, para ver que hay razones para
un moderado optimismo.
En el caso del azúcar, la misma Comisión de la
UE ya ha hecho propuestas de cambio que van en la dirección
correcta, y el hecho que el Farm Bill en los Estados Unidos tenga
que discutirse en el 2006, en un ambiente de dificultades fiscales,
hace más probable que se inicie el proceso de desmonte
de subsidios y políticas proteccionistas y de ayuda interna
que tantos daños han causado.
Pronosticar lo que va a ocurrir en materia de precios resulta
imposible a todas luces; lo que de otra parte resulta evidente
es que tenemos que apoyar todos los esfuerzos gubernamentales
por lograr condiciones más equitativas de comercio a través
de foros como el de la OMC. Entretanto, esta industria no puede
supeditar su supervivencia a las decisiones de otros. Por eso
el sector también está en proceso de evolución,
haciendo esfuerzos continuados por mejorar aún más
su eficiencia y competitividad en procura de alcanzar condiciones
que nos permitan competir en algún momento del futuro sin
protecciones y en los términos que lo permita el mercado
internacional; y, por otro lado, potencializando cada vez más
el hecho de que este sector es mucho más que azúcar.
La entrada en operación de las primeras plantas de producción
de etanol carburante, el seguir preparando proyectos en el frente
de la cogeneración eléctrica y explorando múltiples
frentes de agregación de valor nos debe permitir un mayor
grado de diversificación y aprovechar al máximo
el gran activo que tiene esta industria como es poder contar con
una zona de agricultura
especializada de clase mundial. Hacia allá vamos y, seguramente,
al cabo de unos años no estaremos hablando de ingenios
azucareros sino de biorefinerías de caña, al igual
que hoy se habla de bio-refinerías de maíz en los
Estados Unidos o de empresas de bio-energía en el Brasil.
Éste, sin duda, es un sector con futuro y las innumerables
dificultades que se viven en el día a día lo que
nos han enseñado es a superarlas y a seguir desempeñando
un papel protagónico en el desarrollo y estabilidad regional
y en el crecimiento nacional. Por eso el presente informe hace
énfasis en el papel que frente al desarrollo de la comunidad
y de los trabajadores del sector tiene esta industria que, junto
con la alta prioridad que se le da al manejo ambiental, aseguran
la sostenibilidad de su modelo de desarrollo.